Parece el título del primer single que compré.
Ayer domingo, estuve en la playa con mi hijo. Siempre voy buscando familias con niños, pero al final acabamos colocando la sombrilla en un espacio próximo a dos parejas. Mi niño y yo tomamos un refrescante baño, jugamos a las paletas, a las cartas, y finalmente, nos tumbamos en las toallas para “echar una siestecita”. Yo no soy “cotilla” por naturaleza, pero la conversación que mantenían las dos parejas alertó a mis pabellones auditivos hasta el punto de que afiné al máximo este segundo sentido.
Una de las parejas era de nacionalidad francesa, la otra, argentina. Buena mezcla. La cosa “pintaba bien”.
Los argentinos animaron a los franceses a hacer terapia de grupo. Colocaron una tumbona en mitad del círculo y la mujer de la pampa hizo la apertura de la sesión con el primer caso. Estuvo interesante. La historia trataba de un bolso de Louis Vuitton que le había regalado una amiga, y de la amiga, por supuesto (en realidad el bolso era lo de menos). Le siguió la francesa, pero no voy a exPLAYArme con su historia. La gabacha insistió en que el señor que la acompañaba ocupara la “tumbona de la verdad”; él sólo se dejó convencer cuando la palabra mágica apareció: “venga, Émile, que esto es como el coaching, y tú tienes muchos problemas con tu hija que no te llama”.
Cuando Émile se sentó (se tumbó, para ser más exactos) y empezó su relato, apenas pudo terminarlo. El resto de los participantes se disputaron el papel de “coach” aportando consejos, recetas, experiencias personales similares, experiencias de amigos similares e interpretaciones varias sobre lo que le estaba ocurriendo a la hija del protagonista, que de protagonista no tuvo nada (de haberlo presenciado mis alumnos, hubiesen practicado un exorcismo al grupo).
Confieso que pasé un buen rato. Sentía el impulso de acercarme y decirles: Venga, vamos a empezar otra vez, y todos calladitos... Creo que Émile se quedó peor de lo que estaba o, al menos, esa fue mi sensación. Espero que algún día su hija le llame. Yo me arrepentí mucho de no haber llamado a mi madre más a menudo. Se murió de repente, sin avisar. Un absurdo enfado nos llevó a distanciarnos unas semanas. No me pude despedir de ella. Uno piensa que los seres a los que ama nunca se pueden morir al día siguiente o incluso ese mismo día; pero la muerte es nuestra compañera leal, como lo es la vida.
Al poco tiempo mi niño y yo nos zambullimos de nuevo en el mar: ¿A que no me pillas? ¡ Qué bien sonaba esa frase! Le cacé con una sonrisa maligna y nos mantuvimos juntos, muy apretados mientras las olas, traviesas y chispeantes, nos envolvían con su espuma salada...
Una de las parejas era de nacionalidad francesa, la otra, argentina. Buena mezcla. La cosa “pintaba bien”.
Los argentinos animaron a los franceses a hacer terapia de grupo. Colocaron una tumbona en mitad del círculo y la mujer de la pampa hizo la apertura de la sesión con el primer caso. Estuvo interesante. La historia trataba de un bolso de Louis Vuitton que le había regalado una amiga, y de la amiga, por supuesto (en realidad el bolso era lo de menos). Le siguió la francesa, pero no voy a exPLAYArme con su historia. La gabacha insistió en que el señor que la acompañaba ocupara la “tumbona de la verdad”; él sólo se dejó convencer cuando la palabra mágica apareció: “venga, Émile, que esto es como el coaching, y tú tienes muchos problemas con tu hija que no te llama”.
Cuando Émile se sentó (se tumbó, para ser más exactos) y empezó su relato, apenas pudo terminarlo. El resto de los participantes se disputaron el papel de “coach” aportando consejos, recetas, experiencias personales similares, experiencias de amigos similares e interpretaciones varias sobre lo que le estaba ocurriendo a la hija del protagonista, que de protagonista no tuvo nada (de haberlo presenciado mis alumnos, hubiesen practicado un exorcismo al grupo).
Confieso que pasé un buen rato. Sentía el impulso de acercarme y decirles: Venga, vamos a empezar otra vez, y todos calladitos... Creo que Émile se quedó peor de lo que estaba o, al menos, esa fue mi sensación. Espero que algún día su hija le llame. Yo me arrepentí mucho de no haber llamado a mi madre más a menudo. Se murió de repente, sin avisar. Un absurdo enfado nos llevó a distanciarnos unas semanas. No me pude despedir de ella. Uno piensa que los seres a los que ama nunca se pueden morir al día siguiente o incluso ese mismo día; pero la muerte es nuestra compañera leal, como lo es la vida.
Al poco tiempo mi niño y yo nos zambullimos de nuevo en el mar: ¿A que no me pillas? ¡ Qué bien sonaba esa frase! Le cacé con una sonrisa maligna y nos mantuvimos juntos, muy apretados mientras las olas, traviesas y chispeantes, nos envolvían con su espuma salada...
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